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 Samuel Barney Blanco

Articulo publicado en catalàn en El Segre 
«Bausen, reserva en perill»


«La memoria moribunda de los muros de Bausen»
(titulo original en castellano)

Hace ya varios años desde la primera vez que sentí cierta curiosidad por esa carretera estrecha que se sale de la vía principal y, empinándose hacia el oeste, se introduce en un tupido y oscuro bosque.

Tan solo hacía un minuto escaso que habíamos cruzado la frontera por Pontaut, aprovechando esa única brecha natural en la montaña que marca la entrada al valle, la cual avistábamos unas horas antes a la lejanía desde la carretera de Tarbes a Toulouse. Esperaba ansioso la llegada a mi querida Val d’Aran, que ya conocía desde que era pequeño, cuando pasé unas vacaciones breves con mi familia en la Ribagorza, a varios kilómetros al sur del túnel de Vielha.

Durante mi primera visita al valle, me fijé en la presencia la lengua aranesa, despertando una curiosidad que aún me dura. Más tarde, más allá de la lengua, me pregunté sobre la existencia de lugares cuyos modos de vida y composición urbanística fueran oriundas a la cultura e historia pirenaicas, siendo aún lejanas del paisaje “oficial”, modelado por el turismo del esquí y las atracciones de la alta montaña. Comencé a indagar en muchos lugares: Chistau en Aragón, la Val de Louron en Francia, el valle de Roncal en Navarra, y también en la Val d’Aran. Así descubrí Bausen.

En mi tercer viaje a la Val d’Aran por fin pude ascender esa carretera y pasear por ese lugar silencioso, construido en tiempos pretéritos por las manos de hombres y mujeres anónimas, actores de un pasado que no debería olvidarse. Las calles y casonas pétreas de Bausen se aferran a la ladera, acariciando los pastos estivales, los hayedos y los robledales milenarios de Carlac, que se escapan hacia el norte, hacia la umbría francesa. El silencio armonioso, la tranquilidad y el aislamiento hacían de Bausen un lugar atractivo y único para el viajero. Sentí por fin que mi curiosidad estaba satisfecha, y me alegré de que los vecinos hubieran podido conservar una población tan bien cuidada, con un patrimonio paisajístico y urbanístico inigualable, desvelando esa joya oculta del Pirineo que tanto esperaba encontrar. La arquitectura popular, las huertas escalonadas, la canalización de los numerosos torrentes y arroyos que bajan de las faldas del Vacanèra, la montaña que corta el horizonte de Bausen, confirmaban mi descubrimiento. Quizás fui algo egoísta al decidir no contar mi experiencia, pero prefería alejar este enclave pirenaico de la curiosidad excesiva de aquellos que no entienden que el Pirineo no es un parque de atracciones de la naturaleza, que es un conjunto de tierras y de pueblos soberanos con historia y con modos de vida particulares.

Ésta debería ser la idea que todo visitante del Pirineo debería tener presente. La misma idea estuvo vigente en las vivencias de tantos estudiosos y viajeros fascinados con la Val d’Aran desde los tiempos del etnógrafo Julio Caro Baroja o del literato Camilo José Cela. Éstos cruzaron el puerto de la Bonaigua a pie, en busca de ejemplos de vida, economía y cultura montañesas, y sin ninguna ayuda económica o divulgativa trazaron retratos que lograrían avanzar en unas ciencias sociales en estado embrionario y en unas humanidades que se veían cada vez más vulnerables bajo una ideología de estado esencialista que consideraba las realidades lingüísticas del Pirineo como una amenaza al monolingüismo reduccionista. Por ello, no extraña que las visitas de Caro Baroja o José Cela al valle fueran paralelas al despertar del occitanismo político en Francia de los años 60, de la mano de los trabajadores vitícolas del Languedoc, de los productores del Larzac[1], o del establecimiento de las primeras escuelas bilingües, las calandretas. Ya fuese en la lucha política o en el ámbito académico, el despertar de una consciencia del mundo rural en pleno orden industrial era palpable, y con ella la necesidad de luchar contra la despoblación a la vez que de conservar viva la memoria del actor principal de la historia de Europa: el agricultor y el ganadero.

Ahora estamos en el siglo XXI y la memoria de aquellos que modelaron gradualmente el paisaje del Valle desde periodos prehistóricos está en peligro. Evidentemente, el ritmo de las economías ha presentado modos de vida diferentes, aglutinado ciertas actividades que han estimulado el desarrollo urbanístico y laboral de los habitantes de la montaña. Era inevitable, desde hace tiempo el turismo forma una parte esencial del pan de la mayor parte de los araneses, chistabinos, roncaleses, ribagorzanos y sobrarbenses, entre otros. Con este desarrollo, surgen también debates sobre modelos de turismo potencialmente menos destructivos con el patrimonio.

En febrero, descubrí que existe un proyecto de reorganización urbanística en Bausen. La plataforma “Sauvem Bausen” publicó su oposición a las intenciones de una empresa promotora que llevaría a cabo la construcción de un complejo hostelero de 18 viviendas, 22 apartamentos y 12 habitaciones, derribando una parte del núcleo urbano original y perpetrando daños irreparables al patrimonio arquitectónico y paisajístico de la localidad. Se acabaría con el último pueblo de la Val d’Aran con una estructura urbanística, una arquitectura popular y una división del terreno genuinamente aranesas. Sería el tiro en la nuca asesino que silencie para siempre la memoria viva del Pirineo que queremos: un Pirineo fiel a su identidad, atractivo a todos los viajeros que buscamos lo remoto, lo diferente, lo particular, lejos del vaivén homogéneo y frenético del turismo de masa, del pastiche pseudo-alpino que convierte todo pueblo montañés en un Chamonix del Mercadona. Valoremos nuestros valles, valoremos nuestros paisajes, valoremos Bausen, y ese valor irá a más con el tiempo. La seducción del valor inmobiliario temporal solo llevaría a decisiones impulsivas sin reparación para las generaciones venideras.

A diferencia de otros lugares protegidos, el municipio de Bausen no tiene ningún tipo de normativa urbanística que impida este proyecto. “Sauvem Bausen” aboga por la modificación de la normativa urbanística para proteger el patrimonio local.


[1] La ocupación del Larzac (un altiplano del Macizo Central en el departamento francés del Aveyron) fue un movimiento social en el sur de Francia contra el proyecto de compra y expropiación de unos terrenos al ministerio de defensa galo en 1970. Los productores, ganaderos y agricultores, ocuparon las tierras bajo el lema occitano Gardarem lo Larzac! (¡Conservaremos el Larzac!)